Mayo 27, 2011

Escape

¿Alguna vez os ha ocurrido que no tenéis ánimos para leer ningún libro?

Llevo casi dos semanas desde que me terminé el último, El asombroso viaje de Pomponio Flato, y no me ha dado por coger ningún otro. Es como si me hubiese saturado de libros en lo que llevo de año y necesitara hacer un descanso, alejarme de toda palabra escrita que ocupe más de 200 páginas.

Me resulta curioso, cuando no preocupante, puesto que tengo una lista de libros pendientes que me acucia día tras día. Pero cuando me acerco de nuevo a las estanterías cuajadas de libros que hay en mi casa, instintivamente se me va la mano detrás de algunos que ya he leído hace relativamente poco, dos años a lo sumo. Entonces me digo que para volverlos a abrir, prefiero no leer y así escucho música.


De modo que me encuentro a mí misma haciendo algo insólito para lo que acostumbro: aislarme acústicamente en el metro con los cascos puestos (entended que no me guste emplear el móvil como equipo de música para que lo escuche todo el vagón, como he tenido ocasión de comprobar con cierta gente que pulula por el suburbano -ejem, chonis-)

Y estará mal que lo diga, pero consigue distraerme más que leer, al menos estas últimas semanas. Para mí, la música es un simple instrumento por el que me valgo para obtener algo, en este caso evasión; lo que en otros ambientes llamarían droga sin andarse tanto por las ramas, que para el caso es lo mismo.

No sé si se me pasará pronto esta etapa. Puede que el día menos pensado me dé por escoger un libro y volver a la rutina. Quién sabe.




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Mayo 6, 2011

Samarkanda

En realidad en castellano se escribe Samarcanda, pero creo que con “k” es más exótico.

Estos días atrás iba y venía este topónimo en mi cabeza. Intentaba acordarme de cuándo fue la primera vez que lo escuché o leí. Fue en primaria, en una clase de inglés un tanto laxa por la proximidad de unas vacaciones (¿Navidad? ¿Semana Santa? ¿verano? no lo recuerdo)

El caso es que nuestra profesora nos repartió a todos unas fotocopias en blanco y negro de mala calidad con un texto en inglés; ya sabéis, los típicos sacados de algún libro bueno que el colegio finalmente había desechado en pos de otro peor pero casi regalado por una editorial que conociera la “dire”.

Se titulaba “Appointment in Samarkanda” e iba ilustrado por un dibujo que había salido demasiado oscuro, pero en el que pude apreciar dos personajes en primer plano con edificios de fondo que tenían un aire a los de Ágraba, del Aladdín de Disney. De uno de los monigotes no me acuerdo absolutamente, pero el otro se me antojó al primer vistazo un ninja: completamente vestido de negro y con una braga (entiéndase por braga la 3ª definición que le da al uso la RAE) en la cabeza que le cubría todo menos los ojos.

Luego, a medida que descifraba el texto (he de reconocer que, por aquel entonces, mi nivel de inglés era limitado cuando no escaso) descubrí que en realidad no era un ninja (que pillaban un poco lejos de aquella ciudad otrora persa, ahora uzbeka) sino que pretendía representar la personificación de la Muerte para los árabes (que vaya usted a saber si es o no cierto viniendo de un student’s book pre-intermediate)

RE-EDITO porque he conseguido encontrar la imagen de la que os hablaba tras una intensa búsqueda! ¡¡Y en color!! (no en el chapucero b/n de mis recuerdos estudiantiles)

Tiene el honor de ser uno de los cuentos de Las Mil y Una Noches con mayor variedad de títulos: “La cita”, “El árabe y la Muerte”, “El gesto de la Muerte”… Una fábula que se transmitió de boca en boca y que, según el país donde se contaba, la ciudad del título cambiaba de nombre: en Iraq es Samarra; en Irán, Isfahán, etc.

Es una historia muy corta (aunque cada uno la enrevesa como quiere) que, bien contada entre penumbras, me sigue poniendo los pelillos de punta.

Disfrutadla.

Hubo una vez, durante el Califato Abasí, un rico Califa en Bagdad que era muy famoso por su sabiduría y su bondad. Un día, el Califa envió a su sirviente Abdul al mercado a comprar comida. Mientras Abdul miraba por los puestos, de repente sintió un escalofrío. Notó que alguien estaba detrás de él. Se volvió y vio un hombre alto vestido de negro al que no podía verle la cara porque la tenía cubierta, pero sí sus fríos ojos. El hombre le estaba mirando fijamente Abdul comenzó a temblar.

- ¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿Porqué estás mirándome? – preguntó Abdul atropelladamente.

El hombre de negro no respondió.

- ¿Cómo te llamas? – le interrogó nervioso, de nuevo, Abdul .

- Yo soy… La Muerte– respondió el extraño secamente, se fue.

Abdul dejó caer la cesta de la compra, se dirigió corriendo al palacio y precipitadamente entró en los aposentos del Califa.

- Lo siento, mi señor. Tengo que dejar Bagdad inmediatamente – dijo Abdul.

- ¿Por qué? ¿Qué ha sucedido? – preguntó el Califa.

- Acabo de encontrarme con la Muerte en el zoco – replicó Abdul.

- ¿Estás seguro?  – le interpeló el Califa.

- Completamente. Iba vestido de negro y me miraba fijamente. Por favor, permítidme ir a la casa de mi padre en Samarkanda. Si parto ahora mismo, estaré allí antes de la puesta del sol del tercer día– dijo Abdul.

El Califa veía que Abdul estaba aterrado y le dio permiso para marchar.

Aún así, el Califa estaba perplejo y no entendía nada de aquel asunto, pero, como tenía mucho cariño por Abdul, se enfureció sumamente porque un extraño había querido atemorizar a su criado. Entonces decidió ir al bazar a investigar el asunto vestido como uno más de sus súbditos. Después de un rato, el Califa encontró al hombre de negro y le increpó:

- ¿Por qué amedrentaste a mi sirviente?

- ¿Quién es vuestro sirviente? – le respondió el desconocido.

- Su nombre es Abdul – contestó el Califa.

- ¡Oh! Yo no pretendía intimidarle. Simplemente me sorprendió verlo en Bagdad – replicó la Muerte.

- ¿Y eso porqué? – preguntó el Califa.

- Porque tengo una cita con él… dentro de tres noches… en Samarkanda.




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Marzo 14, 2011

Sugestión

Veamos.

Casi dos meses… Creo que me voy superando.

Hace unas cuantas entradas os comentaba que, de vez en cuando, retomaba contados libros. Pues es el caso. He vuelto a coger “El Club Dumas” y me ha enganchado como las otras cuatro veces que me lo he leído. De hecho, como me lo releo espaciado en el tiempo, me asombra cómo soy capaz de olvidar detalles importantes de la trama, y por lo tanto sorprenderme nuevamente con ellos. Como si fuera la primera vez.

Por eso me encanta; por eso y porque este libro en concreto contiene una importante e interesante “base de datos” de lectura: aporta un buen número de títulos clásicos a los que echar mano en caso de duda existencial frente a las estanterías de la biblioteca cuando no se sabe muy bien cuál coger.

Pero el aspecto que más me atrae del libro es, como no, el misterio. Y no me refiero a misterio como a sinónimo de intriga, que también, si no como a sinónimo de arcano. Lo mejor de todo es que el autor (y por tanto el protagonista) es un descreído en este campo. Se afana en aclarar y argumentar que nada de carácter preternatural tiene cabida en una mente racional… y a pesar de ello, introduce al lector poco a poco y sin remedio en un ambiente siniestro de hechos poco explicables.

(Nota: si no os interesa leeros el tocho, que por otro lado es de ágil lectura, Roman Polanski adaptó una de las dos líneas argumentales al cine: “La Novena Puerta” ¡con Johnny Depp!)

De modo que he determinado leérmelo única y exclusivamente en los trayectos que haga en transporte público. Ya sabéis, ¿para qué antes de acostarme si hay posibilidades de que pase una noche toledana?

No hay necesidad.

Eso me lleva a preguntarme cuánto de sugestión existe en esta decisión. Vosotros podréis decirme, y con razón, que simplemente planteándome la nula o escasa probabilidad de que lo que se relata en el libro me pueda ocurrir a mí es suficiente como para dormir como un tronco toda la noche, dado que es imposible que suceda. Pero subestimáis esa ala del cerebro sobre la que no tenemos ningún control. Sí, esa que te hace segregar adrenalina ante un peligro inminente; cuando te ves huyendo de algo sin saber muy bien de qué y lo único que aciertas a preguntarte es cómo has llegado hasta ahí porque tus recuerdos del trayecto se limitan a decir “falta escena”.

Así que para que lo meditéis, aquí os dejo un vídeo que pretende ser un estudio sobre nuestro comportamiento frente a un estímulo visto cien mil veces en películas de terror, pero insertado en una situación real. Y si no lo queréis ver de ese modo, pues al menos os echáis unas risas, que sale alguno como para darle de comer aparte.

El Hormiguero: Test de Miedo.

Y vosotros/as, ¿habéis sentido alguna vez aprensión o miedo con un libro que no es de terror?




4 comentarios Deja tu comentario Marzo 14, 2011

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